Reseña de Como agua para chocolate, de Laura Esquivel: realismo mágico mexicano, una cocina en plena Revolución y una lectura amena que disfruté de principio a fin. Mi nota: 4 de 5 estrellitas.
Reseña · Adulto / Realismo mágico
[RESEÑA] Como agua para chocolate
Trilogía de Como agua para chocolate · Libro I
Sin spoilers, salvo el final, que va bien tapado
Hay libros que te piden paciencia, un lápiz y un árbol genealógico al lado. Como agua para chocolate te pide hambre. Abre con una receta, te pone a picar cebolla antes de presentarte a nadie, y cuando quieres darte cuenta ya estás en una cocina del norte de México viendo a una niña llorar antes de nacer.
Este libro lo leí hace mucho y me gustó, pero con los años se me quedó guardado en alguna repisa de la memoria. Fue la serie la que me hizo volver a esa cocina, y ahora ando con ganas de releerlo. Por eso entra al Jardín de Bookstrend por la puerta de atrás, la que da a los fogones. Es ameno, se lee con una facilidad casi sospechosa y debajo de tanto chile y tanta rosa guarda una pregunta bastante más dura: ¿qué hace una mujer cuando le quitan todas las palabras menos las de una receta? Aquí te cuento por qué se lleva 4 de 5 estrellitas.
La despensa
| Título | Como agua para chocolate |
|---|---|
| Título original | (igual al título) |
| Autora | Laura Esquivel |
| Saga | Trilogía de Como agua para chocolate · Libro I, seguido por El diario de Tita y Mi negro pasado |
| Publicación original | 1989, Editorial Planeta, México |
| Edición y formato | Edición conmemorativa de los 25 años · Suma de Letras, España, 2013 · Tapa blanda · 23 × 15 cm |
| Editorial | Suma de Letras |
| Colección | Novela |
| Idioma | Español |
| Traducción | – |
| Ilustración | – |
| ISBN | 978-84-8365-557-3 |
| Páginas | 272 |
| Forma | Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros |
| Público | Adulto, aunque lo puede leer cualquiera desde la adolescencia |
| Género y subgéneros | Novela romántica · Realismo mágico · Saga familiar |
| Narración | Una descendiente de la familia cuenta la historia de Tita |
| Ambientación | Rancho de la frontera norte de México, durante la Revolución |
| Personajes | Tita, Mamá Elena, Rosaura, Gertrudis, Pedro Muzquiz, Nacha, John Brown, Chencha |
| Temas | Tradición, deseo, maternidad, cocina como lenguaje, libertad femenina |
| Tropes | Amor prohibido, madre tirana, triángulo amoroso, comida con efectos, los muertos que vuelven |
| Mood | Cebolla en los ojos y rosas quemándose en el comal |
| Avisos de contenido | Maltrato familiar, violencia sexual, muertes, escenas sexuales |
| Lectura del libro | Unas 6 a 7 horas |
Lo que trae la olla
Un rancho de la frontera norte de México, en los años de la Revolución. Tita de la Garza, la menor de tres hermanas, tiene prohibido casarse: la tradición familiar la obliga a cuidar a su madre hasta el día en que muera. Cuando Pedro Muzquiz pide su mano, Mamá Elena le ofrece a Rosaura en su lugar, y Pedro acepta para quedarse cerca de Tita.
Sin permiso para decir lo que siente, Tita lo cocina. Y lo que ella cocina le pasa a todos los que se sientan a la mesa.
«La cebolla tiene que estar finamente picada.»
Laura Esquivel, Como agua para chocolate, «Enero»
El rancho de la frontera
Todo pasa en el rancho de los De la Garza, cerca de Piedras Negras, Coahuila, con Texas a un río de distancia. Afuera está la Revolución mexicana: tropas, saqueos, gente que cambia de bando. Pero la guerra entra a la novela como entra un vecino molesto, cuando se le antoja y casi siempre por la puerta de la cocina. El frente de verdad es la mesa, y ahí se pelea con cucharones.
La tradición
La hija menor no se casa. Cuida a la madre hasta que muera. Nadie sabe quién inventó esa regla, pero todos comen bajo ella.
La cocina
Es el único territorio de la casa donde Tita manda. La pusieron ahí para tenerla quieta, y terminó siendo su arsenal.
La frontera
Del otro lado del río hay un médico, otra lengua y otra idea de lo que una mujer puede hacer con su vida.
La magia
Lo que sientes al cocinar se queda en la comida. Eso es todo el sistema. No hay hechizos, no hay elegidas, no hay manual.
¿Milagro o martes? El realismo mágico en Como agua para chocolate
Eso último es el realismo mágico, y por si llegas nuevo al género, la definición cabe en una línea: lo imposible ocurre y nadie se asombra. La fantasía te explica las reglas de su magia; el realismo mágico te la sirve junto al arroz y sigue con la conversación. Mira cómo reacciona el rancho.
Un parto que inunda la cocina
Nacha barrió lo que dejaron las lágrimas de Tita recién nacida y llenó un costal de cinco kilos de sal. Eso. Barrió.
Un pastel de bodas con lágrimas
Los invitados lloran por amores perdidos y terminan enfermos. Nadie culpa a la tristeza; buscan al responsable en la cocina.
Unas codornices que encienden a la mesa
Cada comensal siente en el cuerpo un deseo que no pidió. La cena continúa, porque en esa casa lo escandaloso es levantarse de la mesa.
Una colcha que no termina nunca
Tita teje en cada noche que no puede dormir, y son muchas. La colcha crece hasta lo absurdo, y lo único que nadie discute es el frío de ella.
Aquí no hay castillos ni hechiceros. La magia sale de lo más de la casa: una cebolla, una olla, una pena mal guardada. Y me encanta lo que consigue con eso: agarra un trabajo que nadie miraba, el de las mujeres que cocinaban todos los días, y lo sube a la altura de un mito.
La Revolución mexicana, esa vecina que entra sin tocar
La Revolución no está de adorno. Yo la leo como un espejo de lo que pasa adentro: afuera se pelea contra un régimen viejo que no aguanta preguntas, y adentro Mamá Elena gobierna su rancho como un Porfirio Díaz con llavero, con sus reglas, sus castigos y nadie que le chiste.
Además, la guerra deja al rancho cada vez más encerrado. Pasan las tropas, faltan los hombres y las mujeres de la casa terminan defendiendo, administrando y sobreviviendo por su cuenta. Mientras Tita resiste desde la cocina, el caos de afuera le abre a otra de las hermanas una puerta que ninguna tradición le iba a abrir. Esa parte te la dejo para el libro.
Quién se sienta a la mesa
Ocho personajes y una colcha que crece con cada invitado.

Tita de la Garza
La que cocina lo que no puede decir
Nació en la cocina, literal, y ahí la dejaron. Le prohibieron casarse, quejarse y hasta opinar. Se les olvidó prohibirle la sal, y de ese descuido sale toda la novela.
Teje su colcha en las noches sin sueño.

Mamá Elena
La dueña de las llaves
Administra el rancho, la casa y la vida de sus hijas con la misma mano dura. Da miedo porque nunca duda. Odiarla es fácil al principio; el libro se encarga de complicarte ese lujo.
Su ley: la tradición no se discute.

Rosaura
La hermana que dijo que sí
Se casa con el novio de su hermana y se queda con un matrimonio que huele a sobra. Es fácil burlarse de ella, y la novela lo hace, pero también es otra hija de esa casa aprendiendo a obedecer.
Su enemiga declarada: la cocina.

Gertrudis
La que no pidió permiso
La hermana del medio, y la que más ruido hace al tomar una decisión. Un plato le cambia la vida, ella acepta el cambio sin consultar a nadie, y la novela respira mejor cada vez que aparece.
Aporta la carcajada que esa casa necesitaba.

Pedro Muzquiz
El que eligió mal y lo llamó amor
Se casa con Rosaura para estar cerca de Tita y espera que eso nos parezca romántico. Mira mucho, suspira mucho y actúa poco. Está muy convencido de su sacrificio, que casi siempre paga otra persona.
Su regalo más famoso: un ramo de rosas.

Nacha
La maestra del fogón
Cocinera del rancho y madre de Tita en todo lo que importa. Le enseñó a leer la masa, el fuego y a la gente. Cada receta de este libro trae su mano metida.
Lo que hereda Tita de ella vale más que el rancho.

John Brown
El médico del otro lado
Viudo, paciente y científico, es de las pocas personas de esta historia que pregunta antes de opinar. Tiene una teoría sobre cerillos que por sí sola justifica el libro.
Aprendió de una abuela kikapú y sus remedios.

Chencha
La que se sabe todos los chismes
Criada del rancho y la voz más irreverente de la casa. Entra, cuenta, exagera y de paso nos recuerda quién carga de verdad con el trabajo en esa familia tan decente.
Especialidad de la casa: el chisme con salsa.
0 de 8 hileras tejidas
Colcha servida. Abriga poco, como casi todo en esa casa, pero Tita sigue tejiendo.
El primer bocado
Voy a decirlo sin rodeos: la pasé muy bien. Han pasado años desde que la leí, y lo que se me quedó no fue tanto la trama como el olor. Bastó ver a Tita en la serie para que me volviera todo: una novela que se cuenta como una tía de la familia mientras te pone a desvenar chiles. Se distrae, vuelve, exagera, te suelta una tragedia sin dejar de mover las manos y te manda a batir huevos.
Cada capítulo es un mes y cada mes es una receta, así que la trama avanza entre ingredientes y la lectura se te va sin pedir permiso. Terminas una entrega, te dices que solo una más, y ya estás en otra temporada de lágrimas en el mole. Amena es la palabra, y no pienso usarla con vergüenza.
A esta novela le han dicho ligera como si fuera un insulto, y le han reprochado vender realismo mágico en porciones fáciles de digerir. Lo entiendo, y no me convence. Que un libro sepa contar sin hacerte sufrir por gusto también es oficio, y nadie debería pedir disculpas por disfrutarlo.
Doce entregas, doce platos
Un plato por mes, sin spoilers: solo la temperatura de la casa.
Enero · Tortas de Navidad
Cebolla, sardinas, chorizo y una familia que arranca llorando. Si aquí no te atrapa, no te atrapa más.
Febrero · Pastel Chabela
Un pastel de bodas hecho por quien menos debería hacerlo. Temperatura de la casa: nostalgia con náuseas.
Marzo · Codornices en pétalos de rosas
El capítulo que todo el mundo recuerda. Temperatura de la casa: mejor abrir una ventana.
Abril · Mole de guajolote con almendra y ajonjolí
Un plato que tarda días, como las cosas que de verdad importan en esa cocina.
Mayo · Chorizo norteño
Hacer chorizo en este rancho es un rito de ajos, chiles y brazos cansados. Afuera, el mundo no descansa.
Junio · Masa para hacer fósforos
La receta menos comestible del libro, y una de las más importantes. No se come, se enciende.
Julio · Caldo de colita de res
De esos caldos que se toman para volver de algún lado. Más no te digo.
Agosto · Champandongo
Un plato por capas para una casa que también funciona por capas.
Septiembre · Chocolate y Rosca de Reyes
El título hecho bebida. La taza llega caliente y la mesa, peor.
Octubre · Torrejas de nata
Lo dulce, en este libro, siempre llega con factura.
Noviembre · Frijoles gordos con chile a la Tezcucana
Unos frijoles que se niegan a cocerse. Hay que ser muy buena novela para volver eso suspenso.
Diciembre · Chiles en nogada
La mesa grande. Aquí me callo.
A punto de hervir: qué significa Como agua para chocolate
El título es una expresión mexicana. Allá el chocolate caliente se prepara con agua, no con leche, y el agua tiene que estar a punto de hervir para recibirlo. De ahí se le dice así a quien está a un segundo de estallar. Tita vive en ese punto: hirviendo de rabia por Mamá Elena, por esa tradición absurda y por la cobardía de Pedro, y hirviendo también de un deseo que no puede tocar. Una olla con la tapa amarrada, vaya. Aviva el fogón y te cuento qué significa para mí esta novela.
- Agua tibia. Una niña aprende que en esa casa no se contesta.
- Primeras burbujas. La tradición le quita el amor y le deja las ollas.
- Vapor. Lo que no puede decir empieza a salir por la comida.
- Hervor. La cocina, que era su encierro, se vuelve su arma.
- Como agua para chocolate. Una revolución afuera y otra dentro, y solo una de las dos entra en los libros de historia.
«Tita literalmente estaba “como agua para chocolate”.»
Laura Esquivel, Como agua para chocolate
Por eso me parece que la novela pesa más de lo que aparenta. Durante mucho tiempo la cocina fue el lugar al que mandaban a las mujeres para sacarlas de la conversación, y Esquivel agarra justo ese cuarto y lo convierte en centro del mundo. Mientras los hombres de afuera se matan por el país, en la cocina se decide quién llora, quién desea y quién se va. Lo que Nacha le enseñó a Tita nunca tuvo título ni firma, y aquí por fin quedó escrito.
También es una novela sobre lo que le hacemos a las hijas en nombre de la familia. La tradición de Mamá Elena no tiene más argumento que su propia antigüedad, y la pelea de Tita es la de cualquiera que alguna vez escuchó «así se ha hecho siempre» y sintió un nudo en la garganta. Treinta y siete años después, esa frase se sigue escuchando.
La cocina en Como agua para chocolate: donde manda Tita
Si me preguntas por el corazón del libro, te digo que está en los fogones. La comida es por donde se cuela toda la magia, y Esquivel la usa para cinco cosas que me encantan.
Lo que sientes, se lo comen
Tita llora y la boda entera se enferma de nostalgia. Tita desea y a Gertrudis le arde el cuerpo. En esa mesa nadie se salva de lo que ella siente: se sirve caliente.
El único idioma permitido
A Tita le quitaron el derecho a contestar. Entonces dice amor, rabia y rebeldía con sal, chile y rosas, sin abrir la boca.
Del encierro al trono
Afuera manda Mamá Elena. Adentro de la cocina, Tita. El lugar donde la guardaron para tenerla quieta termina siendo donde puede cambiarle el día, y hasta el cuerpo, a cualquiera.
Una herencia sin apellido
Nacha le enseña lo que ninguna escuela le iba a enseñar. Las recetas pasan de mujer a mujer, por las manos y el olfato, lejos de la frialdad de Mamá Elena.
Comer también es desear
Cocinar, oler, probar. Esquivel lo escribe con tanto cuerpo que se ríe del puritanismo de la época. Hay escenas de comida más atrevidas que muchas de cama.
Por eso el formato de recetario me parece tan bueno: te dice que lo que haces todos los días también puede cambiarlo todo. Con fuego y comida, Tita resiste, sobrevive y se inventa a sí misma.
La magia cobra
Lo que más me gusta de este realismo mágico es su factura. Aquí la magia enferma, quema, desordena y deja a la gente doblada sobre un plato. Si el dolor de Tita cae en el pastel, los invitados lo pagan con el estómago. Macondo tiene sus mariposas amarillas; este rancho tiene una boda entera corriendo al patio. Y como el mundo es tan chiquito, un rancho, una cocina y unas pocas personas, cada prodigio golpea de cerca.
La gente de la casa
Tita sostiene el libro porque su rebeldía crece despacio. Empieza obedeciendo, y durante buena parte de la novela te desespera, y justamente por eso cuenta cuando por fin levanta la voz. El reparto femenino es lo mejor de todo: Mamá Elena como villana con más capas que un champandongo, Gertrudis como bocanada de aire y Nacha como esa presencia que nunca sale del todo de la cocina.
«Para ella reír era una manera de llorar.»
Laura Esquivel, Como agua para chocolate
La pluma
Se nota que Esquivel venía del guion: sus escenas se ven. Escribe en frases claras, con humor seco, y pasa de la receta al melodrama en una misma línea sin avisarte. Y ese «hay que» de los recetarios me encantó: sientes que te están enseñando a sobrevivir en esa casa.
Pedro Muzquiz: lo que se quedó crudo
La estrellita que falta se la debo a Pedro Muzquiz, y sé que no estoy solo. El libro lo vende como el gran amor de Tita, y yo terminé con ganas de sacarlo del rancho a cucharonazos.
Empieza por su cobardía. Podía pelear por Tita, enfrentar a Mamá Elena o huir con ella, y elige lo peor de todo: casarse con Rosaura «para estar cerca». Con esa decisión condena a tres personas a una vida de amargura y engaños, y encima se lo cuenta a sí mismo como un sacrificio.
Después viene el egoísmo. Quiere lo bueno del amor de Tita sin arriesgar nada: la presiona, no respeta sus límites, se hace la víctima y la deja viviendo ese romance en la sombra. Y cuando aparece John Brown saca su peor cara: casado y sin nada real que ofrecerle, se pone celoso y posesivo porque ella podría ser feliz con otro.
Ahí está el problema de ponerlos en el mismo libro. El doctor pregunta, espera y la trata con dignidad, y a su lado Pedro se ve todavía más chico. Yo, por lo menos, estaba del lado de John.
Entiendo lo que buscaba Esquivel: Pedro es la pasión irracional, el fuego que no pide permiso. Pero hoy lo leo como un hombre débil y manipulador que le arruinó la vida a dos hermanas por no atreverse a tomar una sola decisión valiente.
También hay tramos del último tercio donde el melodrama se sube a la mesa y ya no se baja. Son pocos, y con esta voz se perdonan, pero se notan.
Spoilers del final de la novela. Solo si ya la leíste.
Los prodigios grandes los guardé para acá. Después de las codornices, a Gertrudis el cuerpo le arde tanto que incendia la ducha de madera donde intenta refrescarse, y el olor a rosas atrae a un capitán revolucionario que se la lleva desnuda a caballo. Años después vuelve convertida en generala.
Mamá Elena, en cambio, ni muerta suelta el mando: su fantasma vuelve a atormentar a Tita justo cuando ella cree estar embarazada. Y antes, sin haber tenido un hijo, Tita amamanta a su sobrino. A Mamá Elena y a Nacha les hice un lugar en Los muertos no se van, por si te quedaste con ganas de fantasmas.
El final me deja dividido. La imagen de Tita comiéndose los cerillos para seguir a Pedro, y el rancho entero ardiendo con ese fuego, es de lo más hermoso que tiene el libro, y aun así me duele que una mujer que peleó tanto por su vida la termine entregando por él. Me reconcilia lo que sobrevive: un recetario salvado de las cenizas y una descendiente cocinando esas recetas.
Tu caja de cerillos
John le explica a Tita la teoría de su abuela: cada persona carga cerillos por dentro y necesita descubrir qué los enciende. ¿Cuáles son los tuyos?
«…todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior…»
Laura Esquivel, Como agua para chocolate
El que te devuelve a una cocina que ya no existe.
La que no pones cuando hay gente en casa.
La que entra y ya te cambia la temperatura.
Ese al que vuelves aunque ya no quede nadie.
La que llevas años sin atreverte a decir.
Cinco encendidos. John te pediría cuidado: una caja entera de golpe también quema.
La mano detrás del fogón
Laura Beatriz Esquivel Valdés nació en Ciudad de México el 30 de septiembre de 1950. Fue maestra y guionista antes que novelista: en 1985 firmó el guion de Chido One, el tacos de oro, nominado al Ariel. Y se nota: este debut se ve como una película.
Como agua para chocolate fue su primera novela, y ella misma ha contado que le debe mucho a su infancia, a una familia de buenas cocineras. Le dio fama internacional y un premio ABBY en 1994. Después escribió La ley del amor, Malinche y A Lupita le gustaba planchar, y entre 2015 y 2018 fue diputada federal. A mí me gusta que cuenta la historia desde adentro de la casa.
La ley del amor
Malinche
A Lupita le gustaba planchar
Para repetir plato
La trilogía
Más de veinticinco años después, Esquivel continuó la historia con El diario de Tita (2016) y Mi negro pasado (2017). La novela original se sostiene sola.
El diario de Tita
Mi negro pasado
Del fogón a la pantalla: la película y la serie
Dos adaptaciones, dos cocinas. La serie fue la que me devolvió a este rancho, y de ahí salieron las ganas de releer el libro.
La película
Con Lumi Cavazos como Tita, Marco Leonardi como Pedro y Regina Torné como Mamá Elena. El guion es de la propia Esquivel, y se llevó diez premios Ariel.
La serie
Producida por Salma Hayek, con Azul Guaita como Tita, Irene Azuela como Mamá Elena y Andrés Baida como Pedro. Ya terminó, así que puedes verla completa de corrido.
HBO MaxSuscripción▶ Ver
Dónde verlas cambia según el país. En España, la película está en Amazon Video; en EE. UU., en Paramount+ y MGM+.
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Como agua para chocolate es de esos libros que parecen fáciles porque están muy bien cocinados. Es amena, es sabrosa, se disfruta de la primera cebolla a la última página y te deja pensando en cuánta historia se quedó fuera de los libros por ocurrir en una cocina. Le sobra un poco de melodrama y le falta un mejor Pedro, y aun así me levanté de esta mesa contento y con ganas de volver a sentarme. Esta relectura me la debo.
4 de 5 estrellitas
Para quién sí
Quien quiera entrar al realismo mágico sin miedo, quien lea con hambre, y quien disfrute las sagas familiares con mujeres al centro.
Para quién puede no encajar
Quien no soporte el melodrama, quien espere una magia con reglas, o quien no pueda pasar por alto un romance con un hombre que merece menos.
Antes de levantar la mesa
Gracias por quedarte hasta el café. Te dejo una pregunta: si pudieras cocinar una sola emoción para que todos en tu mesa la sintieran, ¿cuál sería, y a quién se la servirías primero?
Tu nota, no la mía
Promedio de los lectores · un voto por persona.
Nos leemos la próxima.
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